Tamaulipas es cementerio de migrantes

NUEVO LAREDO. – No es razonable como la autoridad estatal, federal de Tamaulipas, voltea para un lado para dar paso al abuso, robo y ejecución de migrantes y paisanos.

Lo invirtieron y arriesgaron todo en la búsqueda de una vida más digna: viajar a Estados Unidos sin papeles para trabajar. Pero acabaron asesinados a tiros y calcinados en el norte de México, un territorio donde a los migrantes les aguardan los carteles y un sistema corrupto que se beneficia de ellos. Así fue cómo el sueño de un grupo de 16* guatemaltecos se convirtió en pesadilla.

Las malas noticias llegaron a la aldea Tuilelén, en las escarpadas montañas de San Marcos, Guatemala, antes del mediodía. “Don Ricardo: nuestros hijos están muertos, quemados, sin rastro y sin nada”. Fue una llamada de padre a padre, pero también de coyote (traficante de personas) a cliente: desde algún punto en la frontera entre México y Estados Unidos, el guía al que Ricardo García Pérez le había confiado a su primera hija, le confesaba que de aquella joven de 20 años que siempre hacía bromas y había recorrido Centroamérica vendiendo productos chinos para ayudar a su familia, solo quedaban cenizas. El propio hijo del pollero (o coyote), que iba en el mismo grupo, también estaba entre los fallecidos.

Era sábado, 23 de enero. En las noticias se empezó a hablar del hallazgo de 19 cuerpos quemados en un camino rural en el límite entre Tamaulipas y Nuevo León, un territorio del noreste de México que en la última década se ha convertido en un cementerio de migrantes. Que entre las víctimas había guatemaltecos era entonces solo un rumor. Aunque para padres como Ricardo García Pérez, que hacía menos de dos semanas habían acompañado a sus hijos desde sus comunidades remotas a la casa del coyote en el municipio de Comitancillo, la falta de señales del grupo durante días y esa llamada eran suficientes. Estaban seguros de que las personas que iban en aquellas camionetas blancas carbonizadas, cuyas fotos ya circulaban en las redes sociales, eran ellos. Y de que con la masacre se esfumaba también la apuesta por la que habían invertido lo poco que tenían y por la que algunos incluso habían empeñado sus terrenos.

“Mi hija no fue asesinada por ladrona o delincuente, ni traficando drogas. Mi hija fue asesinada por luchadora”, dice ahora don Ricardo en una de las pendientes del cementerio de la aldea Tuilelén, mientras construye la tumba de Santa Cristina García con la ayuda de varios familiares. Pese al golpe de haber perdido a la segunda de sus 11 hijos hace menos de un mes, el hombre —cuerpo menudo, pelo negro brillante, piel quemada por el trabajo en el campo— no ha perdido la sonrisa ni la calma. “Tengo que acoplarme al ejemplo de ella. Era amable, cariñosa, sonriente”, explica. Cuando las autoridades mexicanas devuelvan sus restos a este municipio del occidente de Guatemala, la joven descansará en uno de los panteones coloridos, entre las tumbas de otros dos migrantes que también perdieron la vida en la masacre de Tamaulipas: su vecino Iván Gudiel, de 22 años, y Rivaldo Jiménez Ramírez, el segundo de siete hermanos que a sus 18 años se había graduado de bachiller y trabajaba en el campo.

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