TIEMPO DE OPINAR.

RAÚL HERNÁNDEZ MORENO.

Juárez, enamorado del poder

-Tuvo el poder 14 años, hasta que murió

-No era ateo; combatía era los abusos de la iglesia

-No conoció la gratitud: a sus amigos los aplastó.

Tiempo de opinar

Raúl Hernández Moreno

22-marzo-2026.

Benito Juárez fue un enamorado del poder. Junto con Porfirio Díaz, tienen el dudoso honor de ser los presidentes que más tiempo han durado al frente del gobierno de México. Don Porfirio estuvo de 1876 a 1880 y después de 1884 a 1911, treinta años; en tanto que don Benito estuvo de 1858 a 1972, catorce años. No duró más tiempo, porque murió. En comparación, Antonio López de Santa Anna, en las 11 veces que fue presidente, sumó cinco años y seis meses. Y en las primeras diez veces que ocupó la presidencia lo hizo por breve tiempo, para luego solicitar licencia e irse a descansar a su hacienda Manga de Clavo. Fue hasta la última vez cuando se ocupó de gobernar y lo hizo como dictador.

Para su último período presidencial, Juárez fue electo por cuatro años y tomó posesión el 1 de diciembre de 1871 y debía dejar el cargo el 30 de noviembre de 1875, es decir, cuando murió, a los 66 años de edad, a su administración le quedaban tres años y cuatro meses. De no haber muerto habría completado 18 años en el poder y seguramente habría buscado después una nueva reelección. Por su parte, Porfirio Díaz dejó el poder el 25 de mayo de 1911, a los 80 años de edad, cuando le faltaban cinco años y seis meses para completar el sexenio para el que fue electo. De no haber estallado la revolución y haber renunciado, la muerte lo habría alcanzado en la presidencia, pues murió el 2 de junio de 1915 y su período terminaba en noviembre de 1916.

“Juárez sólo dejó la presidencia porque murió de un ataque cardíaco en Palacio Nacional. De haber vivido más, seguramente se quedaría más tiempo. Se le ha criticado su excesivo amor a la silla presidencial. Ciertamente fue ese su rasgo distintivo, del que lo acusaban con razón sus detractores; sin embargo, también fue ese el factor que mantuvo independiente, libre y soberana a la patria, a la patria de Juárez, como se le conoce en el mundo”, dice José Manuel Villalpando.

Ese amor por el poder, lo llevó a escudarse en la Constitución de 1857, durante los 10 años en que el país estuvo en guerra, primero durante la Guerra de Reforma, luego con la Intervención Francesa y finalmente con el Imperio de Maximiliano. Durante esa década, Juárez hizo a un lado la Constitución y se adjudicó poderes extraordinarios para gobernar y la guerra le daba la razón. Pero derrotado y muerto Maximiliano, la Constitución le estorbaba y en 1867 pretendió reformarla con un plebiscito para que se le concediera derecho de veto a las leyes con las que no estuviera conforme y para crear el Senado y con ello debilitar a la Cámara de Diputados. Ganó las elecciones, pero en cambio se encontró con el rechazo al plebiscito, por parte de los propios liberales que le aconsejaron que, si quería cambios a la Constitución, siguiera los lineamientos que establecía el mismo documento.

José María Iglesias justifica su permanencia en el poder: “Si mostró demasiado apego a su permanencia en el poder, obró constantemente a impulso de motivos patrióticos”, a lo que Francisco Bulnes, quizá el más feroz de los críticos de Juárez, señala que “eran Juárez o sus partidarios personalistas los que calificaban los motivos patrióticos para perpetuarse en el poder”.

Por su parte, Jan Bazant señala que la actuación de Juárez no fue tan buena después de la muerte de su esposa Margarita, en 1871, “quizás hubiera debido hacerse a un lado: pero como tantos estadistas, se consideraba indispensable y nunca pensó en tomar disposiciones para nombrar un sucesor”.

Permanecer más de 14 años en el poder no fue tarea fácil. Juárez no sólo enfrentó a los adversarios, también a sus amigos y colaboradores: Primero, de 1858 a 1860, a los conservadores, respaldados y financiados por el clero. A diferencia de Hidalgo y Morelos, que se enfrentaron al alto clero, pero encontraron apoyo y consuelo en el bajo clero, Juárez tuvo que enfrentar al clero en general que uso el púlpito y sus riquezas materiales y espirituales para combatirlo. Luego, durante la intervención y el imperio, Juárez sufrió el acoso de los intervencionistas, el ejército francés, las tropas mexicanas a favor de la intervención, pero también a destacados liberales que llegaron al extremo de pedirle su renuncia, como los generales Jesús González Ortega y Manuel Doblado. Más adelante, cuando la República fue restaurada, Juárez enfrentó con las armas a varios gobernadores y generales liberales, entre ellos, ni más ni menos que a su paisano Porfirio Díaz Mori, cuyo plan de La Noria, fue sofocado en apenas cinco semanas. Otro que lo combatió con las armas, fue el gobernador de Nuevo León, Jerónimo Treviño.

Aun cuando su vida corrió peligro durante la guerra, Juárez mantuvo la sangre fría en situaciones en que estuvo a casi nada de perderla, si hemos de creer las crónicas que al respecto escribió Guillermo Prieto, testigo de dos casos. Primero, en Guadalajara, en febrero de 1858, cuando varios soldados llegaron hasta el salón donde Juárez se encontraba reunido con sus ministros. Los militares apuntaron sus armas hacia Juárez, en espera de la señal de fuego y Prieto cubrió con su cuerpo al presidente y lanzó su famosa frase de “los valientes no asesinan”. Más adelante, en febrero de 1864, en Monterrey, Indalecio Vidaurri, hijo del cacique y gobernador de Nuevo León y Coahuila, Santiago Vidaurri, sacó su arma y apuntó al presidente, que salió con calma, subió a su carruaje y se puso en marcha en medio de un intenso tiroteo.

“Se apegó a la Presidencia como si temiera que al dejarla le faltaría el aire para respirar. Cinco veces le pidieron la renuncia sus compañeros liberales, y otras tantas veces Juárez se negó a salir. En 1861 se la solicitaron 55 diputados que consideraban que su permanencia en el poder atentaba contra la paz en la República. La segunda vez se le pidió la renuncia el 9 de enero de 1864, cuando una comisión le presentó una carta de don Manuel Doblado en que le decía que su persona dificultaba el fin de la guerra. La tercera vez fue pocos días más tarde: el gobernador de Coahuila y Nuevo León [Santiago Vidaurri] le demandó dejar la Presidencia por el bien de México. La cuarta fue cuando don Benito insistió en reelegirse no obstante que había terminado ya su período legal. La última vez la renuncia se la exigió Porfirio Díaz en el Plan de la Noria. En todas las ocasiones Juárez dijo que no. Sólo la muerte pudo sacarlo de la Presidencia”.

Juárez amaba el poder ya que sólo con él pudo derrotar a los conservadores, a la iglesia y a los invasores franceses; por lo demás, como bien lo sabía don Benito, la desigualdad de la población impedía tener una verdadera democracia, lo justifica Benítez.

La etapa que va de 1857 a 1872, es la que inmortaliza y convierte en héroe de bronce a Juárez, pero no quiere decir que fuera de ese período haya sido un personaje anodino y gris, como lo pintan algunos de sus más enconados críticos, entre ellos, ¿quién más?, Bulnes:

“Juárez hasta 1852 aparece clerical, en vez de rebelde ante la fachada clásica del portentoso poder de la Iglesia. Juárez alcanzó la edad de cuarenta y seis años sin ser más que un buen hombre, un afable burócrata con inclinaciones a patriarca; una cariñosa oveja muy apegada a la lana, del rebaño del Buen Pastor; católico añejo de chupa celtíbera en cuerpo de indio. Juárez habiendo nacido indio, educado por santo varón, instruido en seminario pontificio, resellado como fanático por un Instituto con la ciencia de las Universidades de Oviedo y Salamanca, no podía ser un avanzado sobre su época, un progresista, un reformador de pura sangre”.

Lo cierto es que antes de 1857, Juárez ocupó cuatro veces la gubernatura de Oaxaca. Dos lo hizo siendo electo, otra fue nombrado interino por el Congreso de Oaxaca y en la otra fue designado por el presidente Ignacio Comonfort. En las cuatro veces que fue gobernador, permaneció 6 años, 7 meses y 26 días.

La primera vez que ocupó la gubernatura, el 2 de octubre de 1847, designado por el Congreso de Oaxaca, en reemplazo de Francisco Ortiz Zarate, que renunció, no lo hizo tan mal, sino todo lo contrario y eso le permitió ser candidato en 1849 y ganar para un período de tres años más. Es durante ese quinquenio, cuando a principios de enero de 1848 le prohibió al general y ex presidente de la república Antonio López de Santa Anna transitar por la capital de Oaxaca, con lo cual se ganó el encono del jalapeño, que en 1853 lo mandó aprehender, lo desterró del país y Juárez permaneció dos años en Nueva Orleans, separado de su esposa Margarita y sus hijos. Aunque fue gobernador durante cinco años, no era un hombre rico, como podría suponerse. Para sobrevivir en el exilio tuvo que torcer puros y su mujer instaló una tienda de abarrotes en Etla para ganarse el sustento diario.

En los 14 años en que Juárez ocupó la presidencia de la república, cambio a los integrantes de su gabinete con demasiada frecuencia, unas veces por renuncia de los ministros, otras porque las circunstancias lo obligaban a escoger a los que su juicio eran los mejores en ese momento y otras veces por presiones de su propio gabinete o por lo que decía la opinión pública.

En Relaciones Exteriores hubo 26 ministros; en Justicia, Negocios Eclesiásticos e Instrucción Pública, 12; en Fomento 11; en Guerra y Marina 15; y en Hacienda 24. Pero, además, hubo personajes que ocuparon varias carteras como Melchor Ocampo que fue ministro de Gobernación, Relaciones Exteriores, Fomento y Guerra y Marina; o Santos Degollado que ocupó las carteras de Relaciones Exteriores y Guerra y Marina; o León Guzmán que estuvo al frente de Gobernación, Relaciones Exteriores y Fomento.

Si es verdad que el poder desgasta, a don Benito permanecer 14 años lo desgastó y lo llevó a confrontarse con lo que antes fueron si no sus amigos, y colaboradores leales. Solo así se explica que en plena Guerra de Reforma se haya distanciado de personajes como Melchor Ocampo y Santos Degollado, luego durante la intervención con Jesús González Ortega, Manuel Ruiz, José María Patoni, Guillermo Prieto; durante el Imperio riñó con Santiago Vidaurri; en la república restaurada con Porfirio Díaz, Ignacio Ramírez, Ignacio Manuel Altamirano.

La frase acuñada por Juárez, de justicia y gracia para los amigos y justicia seca para los enemigos, no corresponde a la realidad que vivió el Benemérito de las Américas.

A Santos Degollado lo destituyó como jefe del Ejército de Oriente por haber osado plantear un plan para pacificar el país, que ciertamente contemplaba desconocer al propio Juárez como presidente, pero la intención era imponer la paz en la nación. Cuando Juárez lo destituyó y le ordenó someterse a un tribunal militar, el general lo hizo sin protestar, la mejor señal de que no buscaba la gloria personal, sino acabar con la guerra.

La misma rigidez aplicó con Jesús González Ortega por haber invocado la Constitución para reclamar la presidencia. Don Benito abuso de los poderes extraordinarios, lo acusó de haber salido del país, -cuando él lo había autorizado a hacerlo- ordenó su arresto y lo mantuvo preso varios meses.

Degollado y González Ortega eran sus amigos, en cambio con Maximiliano, que no lo era, fue más enérgico y cruel, como lo califica Merary, y ordenó su muerte.

Indio zapoteca de origen, con una estatura de 1.37 metros, abogado de profesión, Juárez leía en latín, inglés y francés, y por supuesto, dominaba el español y zapoteca. No era un hombre muy instruido ni inteligente, pero suplía esas deficiencias con otras cualidades. Aprendió español hasta los 13 años de edad, cuando se mudó a la ciudad. Era reservado, poco conservador, adusto. Le gustaba vestir oscuro, para infundir respeto y no le gustaba dar discursos, pero en cambio le gustaba escribir.

“Menos genial que Morelos y menos filósofo que Ocampo, tenía en mayor grado que ellos el instinto de la fuerza política y el sentimiento de la grandeza personal”.

“Aunque tenía notoria capacidad y no carecía de instrucción, ni su instrucción ni su inteligencia eran de primer orden. Su gran mérito, mérito verdaderamente excepcional, estribaba en las excelsas prendas de su carácter. La firmeza de sus principios era inquebrantable; por sostenerlos estaba siempre dispuesto a todo linaje de esfuerzos y sacrificios. La adversidad era impotente para dominarle; la próspera fortuna no le hacía nunca olvidar sus propósitos. Tan extraordinario era su valor pasivo, que para los observadores superficiales se confundía con la impasibilidad”.

A su vez, Bulnes dice que “hay que elogiar la inquebrantable firmeza de Juárez, porque no se dejó intimidar, ni corromper, ni desalentar, con lo cual probó gran superioridad moral y ser digno del puesto que ocupaba: más en cuanto a admirar la inquebrantable firmeza de Juárez por sus sacrificios durante la pretendida célebre peregrinación, es casi como si se admirara la inquebrantable firmeza de la reina Victoria de Inglaterra por haber permanecido en el trono más de sesenta años… No creo que el papel de Juárez durante la intervención fue inútil o pequeño, pero niego que le corresponda el primer lugar y censuró que él se coloque, en detrimento de los verdaderos héroes que murieron peleando, o que llegaron a vencer por sus inauditos esfuerzos de energía, valor y sacrificios”.

Históricamente se ha señalado a Juárez por no ser liberal de nacimiento, como si eso fuese posible. Se le acusa de haber sido santannista en 1845 para poder ser secretario de gobierno en la administración del general Antonio León, en una época en la que, como dice Krauze, todo México era santannista. No es casualidad que éste haya sido 11 veces presidente de la república, en un período de 22 años que van del 1 de abril de 1833 al 12 de agosto de 1855.

También se le acusa de no haber formado parte del congreso constituyente de 1856-1857 en el que se debatió y aprobó la Constitución de 1857 y de que, del conjunto de Leyes de Reforma, solo redactó una, la que limitó los tribunales eclesiásticos y militares a ver asuntos exclusivos de su competencia. Esto es cierto.

Suena pueril atribuirle a Juárez ser el vencedor de la guerra que va de 1858 a 1867. Esa fue obra de muchos, desde Melchor Ocampo, Santos Degollado, Leandro Valle, Miguel Lerdo, Epitacio Huerta, Manuel García Pueblita, Manuel Doblado, Manuel Ruiz, Ignacio de la Llave, Jesús González Ortega, Ignacio Zaragoza, Porfirio Díaz, Ignacio Comonfort, Guillermo Prieto, José María Patoni, Ignacio Ramírez, Ignacio Manuel Altamirano, José María Iglesias, Sebastián Lerdo de Tejada y miles más.

En esos 10 años de guerra, Juárez fue la bandera de la legalidad, fue el icono, el símbolo, la voz que dirigió a los generales y combatientes en general.

Otro punto controvertido en la vida de Juárez, es su encono con la iglesia. Ciertamente la combatió con ferocidad, pero no era ateo. Juárez nació en una época en la que todos los habitantes de la Nueva España nacían siendo católicos. No había otra opción. El poder de la iglesia se mezclaba y se confundía con el gobierno. Los virreyes nombraban arzobispos y obispos. Hubo varios casos de personajes que al mismo tiempo eran virrey y arzobispo de la Nueva España, como Pedro Moya, Francisco García Guerra y Francisco Javier de Lizama y Beaumont, que fue virrey del 19 de julio de 1809 al 8 de mayo de 1810 y también era arzobispo. O está el caso de Juan de Palafox, obispo de Puebla y virrey de la Nueva España. Del 9 de junio al 23 de noviembre de 1642 fue virrey y obispo de Puebla de 1640 a 1655.

Después del virreinato, la iglesia conservó su poder, porque fue ella la que planeó y decidió la independencia de la Nueva España, poniendo al frente de ella a Agustín de Iturbide y siguió gobernando de la mano del gobierno civil.

La iglesia estaba metida en todos los temas de la vida cotidiana. Controlaba la educación, manejaba los hospitales, se encargaba de prestar dinero. Era obligatorio pagarle el diezmo y cualquier servicio sacramental, desde el bautismo hasta la defunción. No había forma de negarse o de combatir ese poder.

En el virreinato al que se opusiera a los designios de la iglesia se aplicaba todo el peso de la ley, incluyendo la Santa Inquisición, que de santa nada tenía.

En opinión de Juárez, el poder civil no debe adoptar ninguna religión particular, ya que su deber primordial es defender la libertad. Eso era lo que buscaban y querían los liberales: el derecho de cada individuo de decidir por sí mismo y para eso fue necesario separar el poder de la iglesia, del poder civil. Nunca se dio una campaña liberal sugiriendo u ordenando a los católicos a no creer en sus dogmas y sus enseñanzas. Lo que se buscaba era limitar la acción de la iglesia en la vida cotidiana.

En la batalla por la separación iglesia-estado, no fue Juárez ni el principal ni él único promotor de las leyes de reforma. Entre los promotores están Melchor Ocampo, Miguel Lerdo de Tejada, José María Iglesias, José María la Fragua, Manuel Ruiz. Por supuesto, Juárez tuvo su aportación, con la ley que restringió a los tribunales militares y eclesiásticos, pero la labor ideológica fue el resultado de muchos personajes, incluyéndolo a él.

La iglesia defendió sus privilegios con violencia. Se olvidó de los preceptos cristianos y actuó como un matón más. Eso sí, pagó para que otros le hicieran el trabajo sucio, para lo cual les hizo creer que libraban la guerra de Dios y que al morir serían recompensados, yendo directo al cielo. La misma historia se repetiría varias décadas después, durante la Guerra Cristera de 1926 a 1929.

Como todo ser humano, Juárez cometió errores en el ejercicio del poder, pero son errores y no crímenes y no necesitan de perdón, dijo Iglesias Calderón: “La historia los aquilata, los valoriza, los justiprecia, los carga en cuenta debidamente, y reconoce, que, a pesar de ellos, Juárez es acreedor a la gratitud nacional por los grandes servicios que prestara a la causa de la ley, de la libertad y de la independencia”.

En 1972, al cumplirse el centenario de la muerte de Juárez, Andrés Henestrosa narró la anécdota –que escuchó de voz de José E. Iturriaga, quien a la vez la escuchó de Fernando Iglesias- de que luego de que en 1904 se publicó el libro de Francisco Bulnes, El verdadero Juárez y la verdad sobre la intervención y el imperio, el Presidente Porfirio Díaz se apareció intempestivamente en la casa de Fernando Iglesias, provocando la ira de éste, que le exigió saliera de inmediato, pero el general sereno le contestó que había ido a pedirle que respondiera al libro de Bulnes, pues solo él podía hacerlo con acierto y verdad.

-Pero yo no soy empleado suyo, ni su amanuense, ni nada… si lo hiciera, sería cosa mía, y no a petición, sugerencia y orden suya.

-Con eso me basta, respondió Porfirio Díaz, al tiempo que abandonaba la casa.

Iglesias publicó su libro refutando a Bulnes en 1907. No fue el único. También lo hicieron Genaro García, Hilarión Soto Frías, Ramón Prida y Adalberto Cariado.

Este último, al refutar cada uno de los cargos de Bulnes –que llamó débil a Juárez, lo acusó de convertirse en liberal hasta que estuvo desterrado en Nueva Orleans, de buscar el apoyo de los Estados Unidos para derrotar a los conservadores, de haber podido evitar la intervención y no haberlo hecho, de cobrar sus sueldos no pagados, al concluir el imperio y un largo etcétera- concluye:

“¿Qué tuvo enemigos en personas gloriosas que la patria venera también? Nada prueba. Los acontecimientos políticos establecen momentáneamente separaciones que no desvirtúan ni a los unos ni a los otros, pues por caminos distintos los hombres pueden buscar la felicidad de la patria.

¿Qué se perpetuó en el poder? Seguimos creyendo con el Sr. Iglesias, que lo hizo siempre por el convencimiento de que era el mejor servicio de la Nación.

¿Qué se mandó pagar sus sueldos a la terminación de la guerra? Nunca creeremos en la ambición de un hombre que nació en una choza, creció desnudo, llegó a Benemérito, y murió en la pobreza.

¿Qué no fue un sabio? No se lo hemos exigido, ni eso nos hacía falta. Necesitábamos un carácter, una energía, un patriotismo, un salvador. Todo eso lo tuvo, todo eso fue para nosotros. Por eso lo veneramos.

Por su parte, Ramón Prida dice que a Juárez podrán sus enemigos calumniarlo, pero no destruir su obra: “el clero jamás volverá a tener los fueros que tenía, no podrá jamás resucitar a Maximiliano; y mientras la obra de Juárez viva, mientras tengamos patria, tengamos libertad de conciencia, y forma republicana, Juárez será símbolo del partido liberal, será bandera y su estatua se levantará para y sin mancha en el corazón de todos los liberales del mundo”.

En su refutación al libro de Bulnes, Genaro García comenta que el procedimiento de éste para hacer historia consiste en imaginar cuál pudo o debió a ser la conducta de los protagonistas de su libro.

2026-03-22

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