Por el desarrollo individual

-Se necesitan impuestos para mejorar salud y educación

-Con AMLO, 54 años estancados

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Raúl Hernández Moreno

Si los mexicanos queremos algún día  tener un sistema de salud como el de Dinamarca, Canadá o Suiza y queremos una educación  de calidad como el europeo, debemos estar dispuestos a pagar impuestos de por lo menos 60  centavos de cada peso ganado.

El dinero es necesario para equipar  hospitales, para contratar especialistas de clase mundial y lo mismo pasa en la educación. ¿Se imagina a doctores en educación dando clases en las primarias? Para eso se necesita pagar mejores sueldos, para retenerlos.

En Laredo, Texas, las instalaciones de cualquier primaria  superan, y por mucho, las de la UAT, UT, Tecnológico e incluso están mejor que las del Tec Milenio, que es una escuela de paga relativamente barata. Están mejor equipadas, tienen acceso a las últimas  tecnologías y tienen personal especializado, porque  hay dinero para ello, provenientes de los impuestos. Sin impuestos, el desarrollo no avanza.

Pero a los mexicanos  les disgusta pagar impuestos,  y eso en el caso de  los  que son responsables: la mayoría se las ingenia para de plano no pagar nada.

No es culpa del Presidente López Obrador que los mexicanos no tengamos un sistema de salud de primer mundo, eso es culpa de la pobreza. Somos un país que tiene a varios de los hombres más ricos del mundo, viviendo al lado de 60 millones de pobres.

AMLO no nos  pudo  dar un sistema de salud de primer mundo, como tampoco nos lo dieron el loco de Fox, el borrachín de Calderón y el bandido de Peña. Y ellos están peor: ni siquiera se comprometieron, más que a enriquecer a su prole.

En las escuelas públicas, los padres de familia protestan porque el director les pide una cuota anual voluntaria de 300 pesos  y el fin de semana se  gastan dos mil pesos en una carnita asada  y unas cervezas, no importa  cuánto cuestan éstas, porque se cuestiona el precio del kilo de cebolla, del aguacate o  la canastilla de fresas, pero jamás el de un doce de cerveza.

Así, son los mexicanos,  generosos anta la fiesta y pichicatos ante el desarrollo  humano. Pareciera que no  tenemos remedio. Y esto ha sido  toda la vida, durante el  virreinato, después de la independencia y de la revolución. Y no se diga antes de la llegada de los españoles: los aztecas era el crimen organizado de su momento y por eso  bastaron unos cientos de españoles, al que se unieron miles de tlaxcaltecas y de todos los grupos, para  darles en la madre. No  había de otra.

Cada fin de sexenio es lo mismo: surge la esperanza de  ahora sí, dar el salto  hacia el desarrollo económico que   genere desarrollo social y  humano. Termina el sexenio y todo sigue  igual.

Hoy los opositores se escandalizan con el manejo de la economía mexicana, pero lo mismo  ha pasado desde 1970 a la  fecha. Son 54 años estancados, con un pobre crecimiento del menos del 2 por ciento anual, a diferencia del 7 por ciento anual que se dio de 1958 a 1970.

Creo que más que esperar que el mundo cambie, debemos cambiar nosotros, cada individuo. Es más  fácil conseguir el crecimiento  individual y  familiar que el colectivo, que no se ha conseguido nunca.

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