La prensa contra los héroes de bronce…antes de serlo

-Juárez, Madero y AMLO quitaron subsidios a la prensa

-Miguel Hidalgo, el más atacado

-A todos les desearon la muerte en público

Tiempo de opinar

Raúl Hernández Moreno

En 1861, terminada la Guerra de Reforma, que duró tres años, Benito Juárez retomó el gobierno de un país devastado, empobrecido. No había dinero ni para los gastos más elementales. Había un fuerte déficit que orilló al presidente a cancelar las obvenciones a la prensa y eso, naturalmente, desató la guerra en contra del Benemérito de las Américas. Adicionalmente, ese mismo año también suspendió el pago de la deuda externa que provocó la invasión francesa y la prensa aprovechó esta circunstancia para criticarlo.

Desde ese 1861, hasta su muerte, Juárez fue sometido a un golpeteo permanente por parte de sus críticos, entre los que estaban los liberales Manuel Ignacio Manuel Altamirano e Ignacio Ramírez, El Nigromante. Ambos, más tarde, terminarían trabajando en el gobierno de Porfirio Díaz, que de liberal se transformó en conservador. Un año antes de la muerte de Juárez, El Nigromante publicó un artículo en el que anticipaba el deceso del héroe de bronce, pues a fin de cuentas era mortal. Hay que decir que con todo y las críticas que se le hacían, don Benito siempre respeto la libertad de prensa y de hecho, en las mañanas le gustaba leer los periódicos para enterarse de lo que escribían.

En 1913, Francisco I. Madero, que recién había asumido la presidencia de la república, se encontró con un país con las arcas públicas vacías y en vista de ello decidió suprimir los gastos publicitarios a la prensa y la andanada de ataques virulentos en su contra cayó en cascada. La prensa se acostumbró a que don Porfirio los puso contra la espada o la pared y solo había dos opciones: dulce o garrote. Si aceptaban el dulce, es decir, subsidios, a cambio se comprometían a no cuestionar sus políticas y a combatir a sus adversarios. Si optaban por criticarlo les esperaba el garrote, es decir, la destrucción de sus imprentas e inventarles delitos para llevarlos a la cárcel.

Al ex secretario de gobernación Alberto García Granados el diputado y periodista porfirista Querido Moheno le atribuyó haber dicho en una reunión privada que “la bala que mate a Madero salvará al país”.

Fuera cierta o verdad, esa frase dibujaba el encono contra Madero y por eso cuando fue asesinado el 22 de febrero de 1913 hubo periódicos que lo festejaron en sus páginas.

El presidente Andrés Manuel López Obrador también redujo el gasto en prensa.  A sus críticos les quitó los subsidios, o les destinó muy poco, y a sus aplaudidores se los incrementó, como es el caso de La Jornada. Desde el inicio del sexenio, la prensa afectada lo ha atacado con saña inaudita y a ese encono se han sumado otros actores, no necesariamente del gremio periodístico, y no ha faltado quien le desee la muerte, como el cantante cubano Francisco Céspedes.

Pero por encima de las críticas a Juárez, Madero y AMLO, el personaje público más atacado en la historia nacional ha sido Miguel Hidalgo y Costilla.

Iniciada la guerra de independencia, una de las primeras medidas del virrey Francisco Xavier Venegas y los realistas, fue injuriar, calumniar, denostar e insultar al cura Miguel Hidalgo. Buscaban demeritar su imagen y al movimiento.

En su contra se desató una guerra de insultos, para lo cual el virrey utilizó a la jerarquía católica, desde el arzobispo, obispos, inquisidores, sacerdotes. Eran gente letrada, doctores en teología y filosofía, algunos de los cuales hicieron aparecer sus escritos en contra del caudillo, de manera anónima.

Menos de dos semanas después del estallido, el 24 de septiembre, el obispo y amigo personal de Hidalgo, Manuel Abad y Queipo, publicó un edicto en la Gaceta de México en la que excomulgó al caudillo y a los capitanes del regimiento de la Reina, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Abasolo:

“Un ministro de Dios de paz, un sacerdote de Jesucristo, un pastor de almas  (no quisiera decirlo) el cura de Dolores D. Miguel Hidalgo, (que había merecido hasta aquí mi confianza y mi amistad) asociado a los capitanes del regimiento de la Reina, D. Ignacio Allende, D. Juan Aldama y D. José Mariano Abasolo, levantó el estandarte de la rebelión y encendió la tea de la discordia y anarquía, y  seduciendo una porción de labradores inocentes, les hizo tomar las armas, y cayendo sobre el pueblo de Dolores el 16 del corriente al amanecer, sorprendió y arrebató a los vecinos europeos, saqueó y robó sus bienes, y pasando después a las siete de la noche a la villa de San Miguel el Grande ejecutó lo mismo, apoderándose en una y otra parte de la autoridad del gobierno”.

Y más adelante agrega: “declaro que el referido D. Miguel Hidalgo, cura de Dolores, y sus secuaces, los tres citados capitanes, son perturbadores del orden público, sacrílegos, perjuros y que han incurrido en la excomunión del Canon: Si quis suadente Diábolo, por haber atentado contra la persona y libertad del sacristán de Dolores, del cura de Chamacuero y de varios religiosos del convento del Carmen de Celaya, aprisionándolos y manteniéndolos arrestados. Los declaro excomulgados vitando, prohibiendo como prohíbo, el que ninguno les de socorro, auxilio y favor, bajo la pena de excomunión mayor “ipso facto incurriendo”, sirviendo de monición este edicto, en que desde ahora para entonces declaro incursos a los contraventores”.

No  tardaron los obispos de México, Michoacán, Oaxaca y Tlaxcala, todos españoles, en lanzar excomuniones  y edictos en contra de Miguel Hidalgo, el cura rebelde…Las autoridades civiles, aliadas a las  eclesiásticas –era la época en que la Iglesia y el Estado formaban una estrecha unidad política y se proclamaba que los reyes eran de origen divino- desataron una implacable persecución contra Hidalgo y sus partidarios, y con la utilización de las pocas imprentas  existentes, cubrieron todo el país  de intensa propaganda  contra el movimiento libertario, calificando a Hidalgo como un jefe de bandidos, y a sus seguidores como una cuadrilla de malvados.

El 2 de octubre la Universidad de México, informó a través del Diario de México, del 5 de octubre, que el cura Hidalgo no era doctor por esa institución, “la cual tenía la gloria de no haber mantenido en su seno, ni contado entre sus individuos, sino  vasallos obedientes, fieles patriotas y acérrimos defensores de las autoridades y de la tranquilidad pública; y que si por desgracia alguno de sus miembros degenerase en estos sentimientos de religión y honor, que la academia mexicana inspira a sus hijos, a la primera noticia la abandonaría, y proscribiría eternamente”.

La inquisición se sumó a la embestida contra el cura y el 13 de octubre dio a conocer un edicto en le fijó al un plazo de 30 días para se presentase ante ese tribunal para responder ante diversos cargos que se le hicieron con varios años de anterioridad.

Se le acusaba de haber sostenido que Dios no castiga  en este mundo con penas temporales; de haber hablado con desprecio de algunos Papas y del gobierno de la iglesia; sostenido que ningún judío se puede convertir porque no consta la venida del Mesías; de negar la virginidad de la Virgen María; de ver la fornicación como un efecto natural; de afirmar  no haber  infierno; y de haber dicho que no se había  graduado de doctor en la Real y Pontificia Universidad de México, por ser sus mentores una cuadrilla de ignorantes.

El 7 de diciembre de ese 1810, Fray Miguel Bringas, misionero apostólico del Colegio de la Santa Cruz de Querétaro y capellán de honor y predicador del Rey, ofreció un sermón en la iglesia parroquial de Guanajuato, en la que llamó a Hidalgo, “Cura mercenario”, “abominable sacerdote”, “monstruo de extraña ferocidad”, “miembro espurio del Clero”, “miembro podrido de la iglesia”, “frenético delirante, desnaturalizado hombre, impío enemigo de Dios y de los  hombres” que concibió el “abominable  feto” de la Independencia, que lo fomento con el pestífero aliento de sus errores”, que lo abortó en el desgraciado pueblo de Dolores” el 16 de septiembre, “día digno de señalarse con la piedra más negra”, y que por los males que ha causado a la Nueva España, debe ser “juzgado como reo de alta traición o infidelidad a la América, a la España y a la Iglesia”.

Las armas de la iglesia se esgrimieron más contra la rebelión que contra la supuesta herejía de los independientes…Quizá en ninguna época como esa, el trono y el altar se unieron más íntimamente, y nunca como entonces los santos preceptos del cristianismo, de paz, de amor, de caridad y de tolerancia fueron más olvidados y desconocidos por los mismos que tienen la misión de inculcarlos y defenderlos en la tierra.

Mientras el alto clero respaldo a las autoridades virreinales, para proteger sus propios intereses, los insurgentes encontraron mucho apoyo en el bajo clero. “Cerca de 400 clérigos participaron directamente en la revuelta, y más de cien fueron ejecutados bajo el cargo de traición”. La toma de las armas del bajo clero fue una particularidad de la independencia mexicana, pues en otros países de Sudamérica se limitaron a ser consejeros, asesores o capellanes.

La causa de la independencia parecía perdida por completo, desde que los obispos y el Santo Oficio, comenzaron a lanzar excomuniones en su contra, desde que el clero la combatía en púlpitos y confesionarios, y aun en el estrado de las damas, y a pesar de ello, la guerra de independencia no solo no se paralizó con tales ataques; sino que se propagó cada día más, tomando el mayor incremento. ¿A qué se debió este hecho insólito?”, se pregunta Alfonso Toro, y enseguida pasa a explicar que había división en el alto y el bajo clero, derivado de que el primero recibía ingresos cuantiosos que le permitían vivir con privilegios y por eso respaldaban al gobierno virreinal, en tanto que el bajo clero vivía con estrechez económica. Los obispos recibían hasta 130 mil pesos anuales, en tanto que un cura de pueblo, apenas percibían entre 100 a 120 pesos al año.

Ese mismo año de 1810, en el periódico capitalino Diario de México, se publicaron una serie de cartas bajo el título de “Cartas de un doctor mexicano al Br. D. Miguel Hidalgo Costilla, ex cura de Dolores, ex sacerdote de Cristo, ex cristiano, ex americano, ex hombre y generalísimo capataz de salteadores y asesinos”.

Tiempo después, las cartas fueron recopiladas en un libro con el título de El anti-Hidalgo y se reveló que el autor era Fray Ramón Casaús, examinador del Tribunal de la Santa Inquisición.

El libro lanza una larga lista de insultos al caudillo. He aquí tan solo algunos de ellos:

“Sé, que no has saludado nuestra sabia Legislación; que nada entiendes de política; que eres peregrino en la historia, y que no has leído jamás un buen filosofo”.

Lo acusa de “manejo sacrílego e irrisorio del misal”, de tener una “endurecida alma” y “espantosa ignorancia, y por grados te ha ido reduciendo el estado de estupidez y barbarie”, le dice que “te conocí como escolástico sombrío, taimado y sofista” y de tener un “corazón fementido, rencoroso y propenso a odiar y dañar”.

Le dice que en su persona reúne “los extremos de todos los vicios, y las contradicciones más espantosas de las pasiones humanas”,

Lo tilda de “orgulloso gigante, Goliat blasfemo”

Monstruo, cura de Cila, corazón perverso, villano sin rastro de pudor, hipócrita refinado, teniéndote todo el orbe por loco, cura hereje, excelentísimo bribón, excelentísimo rapiñador, excelentísimo forajido, excelentísimo asesino y emponzoñador, hipócrita excelentísimo y hereje y blasfemo eminentísimo.

Y sigue: Eres pues excelentísimamente malo, malísimo, perverso, perversísimo; pésimo como los hijos pésimos. Execrable majadero, badulaque excelentísimo, dementísimo, cura de todos los diablos, y autor de cien mil pecados y herejías, hijo primogénito de Satanás, maldistísimo ladrón, sanguinario, fratricida, parricida, lberticida, regicida Costilla, insecto venenoso y ranisimo de la Nueva España, y peste de la humana sociedad, cura energúmeno, rematadísimo cura, Archiloco, calumniador, trapacista y embustero, mordaz, insolente, Sycofante descardo. 

El diablo estará siempre a vuestra derecha, vuestra descendencia ruin mendigará y será arrojada de vuestros mismos hogares arruinados y abrasados, la muerte la seguirá de cerca y se acabará en una generación, nunca tendrá quien la ayude, ni quien se duela de su orfandad.

Aliado y capellán de arrieros locos, de todas las heces y escorias de toda la sociedad más inmunda y corrompida, Calígula, alma pervertida, pobre diablo, frenético, feroz, apóstata y bribón excelentísimo.

Durante el proceso inquisitorial que se le siguió a Hidalgo, Casaús atestiguó en su contra y lanzó fuertes juicios negativos. De 1815 a 1829 fue arzobispo de Guatemala.

Dos siglos después de publicado El Anti-Hidalgo suena increíble que un hombre tan preparado intelectualmente utilice un lenguaje tan ruin, soez e inhumano, en su afán de demeritar la imagen de Hidalgo y la recién iniciada lucha independentista. Pero, además, los insultos vienen de un representante del clero, de alguien que se dice representante de Dios, promotor de la paz y el amor fraternal.

“Son”, escribió Luis González Obregón, “los epítetos más vulgares e injuriosos que pueden aplicarse, no a un hombre, sino a un monstruo abominable”.

Las armas de la iglesia se empleaban también con el mayor empeño para reprimir la revolución. El clero sacó las uñas.  No espero ningún otro pretexto. Sin miramientos, con una cobardía inaudita, haciendo alarde de insensatez, y de odio clavó las garras sobre el insigne cura, que había ido demasiado. Los ataques contra Hidalgo y los insurgentes, provenían del alto clero, pues por lo que toca al bajo clero, los curas de pueblo, muchos de ellos simpatizaban con el movimiento independentista y tomaron las armas.  Cuando Hidalgo fue aprehendido en Acatita de Baján, junto con él venían los clérigos Ignacio Hidalgo y Muñoz, Mariano Balleza, Francisco Olmedo, Nicolás Nava, José María Salcido, Antonio Ruiz y Antonio Belén. También los religiosos Fray Bernardino Conde, Carlos Medina, Gregorio de la Concepción y Pedro Bustamante.

El cura Hidalgo fue amenazado por la jerarquía católica. convertida en cómplice del virrey, con negarle el sacramento de la confesión, antes de ser fusilado, -lo que equivalía a ser condenado al infierno y como era un hombre de fe, él creía en su existencia- si no hablaba sobre el movimiento y sus cabecillas y el pobre hombre se convirtió en delator de sus amigos.

La prensa atacó a los héroes de bronce, antes de que lo fueran, pues hay que decir que su ascenso a los altares de la patria, no fue instantáneo.  El movimiento del cura Hidalgo duró diez meses, desde el estallido hasta su captura y muerte. Fue un pésimo estratega militar, pero un encantador de masas. Hasta la década de los años sesenta del siglo XVIII era un desconocido y su figura empezó a popularizarse con el emperador Maximiliano de Habsburgo que fue a Dolores Hidalgo y honró su memoria. Antes había hecho lo propio Benito Juárez.

Por su parte, Juárez murió con la imagen de un dictador que duró 14 años en la presidencia y le quedaban tres años y medio más, cuando la muerte lo sorprendió. Curiosamente su imagen se fortaleció durante la dictadura de Porfirio Díaz, que promovió la publicación de libros para ensalzarló y mandó construir el fastuoso monumento en un costado de la alameda de la Ciudad de México.

Madero murió despreciado. Cuando lo del cuartelazo el pueblo no acudió a su defensa, sino los restos del ejército heredado por Porfirio Díaz.  En el lapso que va de noviembre de 1811 a febrero de 1913, se peleó y distanció de sus antiguos aliados, empezando por Emiliano Zapata y Pascual Orozco, en tanto que autorizó el encarcelamiento de Francisco Villa, durante seis meses, en la cárcel de Tlatelolco. En ese lapso Villa le escribió varias cartas pidiéndole su intervención para su excarcelación y le rogó que lo visitara en la prisión, pero el ingrato de Madero se negó.

Zapata nunca encontró respaldo en Madero. Este ordenó que las tropas zapatistas fuesen desarmadas. El caudillo campesino se negó y a menos de un mes de la toma de posesión de Madero, le declaró la guerra a través del Plan de Iguala, en el que lo desconoció como presidente. Zapata estaba tan   enojado que amenazó con ir a la Ciudad de México, al frente de un ejército de 20 mil hombres, para capturar y colgar de un ahuehuete a Madero, en Chapultepec.  La historia decidió que no fuera Zapata su ejecutor material o intelectual, sino el chacal Victoriano Huerta, con la anuencia del embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson.

Madero se convirtió en héroe nacional, con el paso de los años.

Hay que ver si AMLO es catalogado como un héroe nacional dentro de algunos años.  Hoy no lo es. Echeverría intentó ser  reconocido como héroe nacional y líder internacional, pero José López Portillo no lo permitió y la  historia, menos.


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