Historias de reporteros 12

El santón Scherer

-El hombre mito

-Lo llamaron el mirlo blanco

-Icono de la libertad de expresión

-En Proceso practicó la censura

Tiempo de opinar

Raúl Hernández Moreno

9-mayo

¿Qué es verdad y qué es mito, con Julio Scherer?

Si bien es verdad, que para muchos periodistas, intelectuales y críticos, Julio Scherer es un santón del periodismo, que ejerció este sin cortapisas, sin concesiones, como establece el slogan de la revista Proceso, fundada hace 50 años, también es reconocido como amigo de los poderosos y de esa amistad, obtuvo privilegios.

Gracias a su amistad con el presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien le habló por teléfono, para felicitarlo, aquel 31 de agosto de 1968, cuando fue electo director del periódico Excélsior, se valió para solicitarle que lo ayudara a contactar y entrevistar a los presidentes de Guatemala, Honduras, Uruguay, Paraguay, Brasil, Argentina y República Dominicana.

“Con el mayor gusto”, le respondió al instante Díaz Ordaz.

La víspera del viaje, fue a verlo a Palacio Nacional, pero el presidente se había ausentado y a través de su secretario de la presidencia, el doctor Emilio Martínez Manautou, le envió un sobre que “calentaba billetes de cien dólares”.

Incorruptible, inmaculado, Scherer aceptó el dinero.

En otra ocasión, Díaz Ordaz le regaló seis camisas de seda natural, hechas a la medida, información que la presidencia consiguió con la familia del periodista.

Scherer nunca consideró amigos a los presidentes, pero sí aprovechó su cercanía, para obtener entrevistas y para recibir jugosos regalos, mucho más generosos que una iguala mensual.

Luis Echeverría lo apoyó en 1972, cuando en el segundo semestre de ese año, los empresarios organizaron un boicot comercial en contra de Excélsior, molestos porque desde esas páginas se les criticaba.

Scherer recurrió al presidente para pedirle apoyo y este ordenó a las dependencias del gobierno federal autorizar páginas de publicidad en proporción a las que dejó de publicar el sector privado.

Scherer comisionó a Regino Díaz Redondo para que cada semana se presentará ante el director de la Lotería Nacional, Carlos Arguelles, para que liquidara la publicidad adeudada, para garantizar liquidez al diario. El boicot duró medio año.

Scherer recurrió a su “amigo” para pedirle que un sobrino enfermo fuese trasladado y atendido en un hospital de los Estados Unidos, con gastos pagados por el erario.

Echeverría también le regaló cuatro pinturas del muralista David Alfaro Siqueiros, a quien Scherer entrevistó en la cárcel, en la década de los años sesenta y fruto de esos encuentros publicó su primer libro “La piel y la entraña”, en 1965. Otro regalo que recibió de Echeverría fue un cuadro de Chávez Morado y un busto de Salvador Allende: de José López Portillo, una pistola; Carlos Salinas lo invitó a volar en el avión presidencial, sólo ellos y el premio nobel de literatura, Gabriel García Márquez.

El 8 de julio de 1976, la mayoría de los cooperativistas de Excélsior -el diario se fundó en 1917, como negocio particular y en 1932 se convirtió en cooperativa-, decidieron destituir a Scherer como director. El periodista, junto con unos 100 reporteros, columnistas, administrativos, gente de talleres, abandonaron el inmueble, enlazados de los brazos.

Y con esa salida, con “el golpe a Excélsior”, nació el mito Scherer que culpó, desde antes de que eso ocurriera, al presidente Luis Echeverría, “su amigo”, de haber orquestado su salida. El presidente siempre rechazó esa versión, aunque hay muchos indicios de lo contrario.

Tres semanas después de haber sido destituido de la dirección, a sugerencia del escritor Fernando Benítez un grupo de periodistas, encabezados por Scherer, se entrevistaron con Echeverría, para solicitarle revertir la destitución de los cooperativistas.

Echeverría estuvo de acuerdo, dijo que pediría a la Secretaría de Industria y Comercio que revisara el caso y si había irregularidades legales se nulificaría la asamblea.

No fue una reunión tersa. Scherer se quejó que se había acallado a un periódico independiente que había ayudado al propio presidente e insinuó que quizá hubiera animosidad en su contra, a lo que el mandatario le recordó que le había ayudado económicamente en 1972, tras el boicot de los empresarios.

Scherer replicó que el diario recibió dinero a cambio de publicidad y en tono molesto el presidente le dijo que el gobierno no necesitaba de esa publicidad. Había sido un favor, una concesión al amigo.

Nacido en la Ciudad de México, el 7 de abril de 1926, Scherer se inició en el periodismo en 1947, en Excélsior.

Regino Hernández Llergo, fundador de la revista Impacto, lo bautizó como el mirlo blanco, al verlo rechazar un embute de manos de un político. Su fama de incorruptible se enraizó, aunque no es una verdad absoluta.

En sus libros, Scherer dio cuenta de su trato con los hombres del poder, desde presidentes, senadores, gobernadores, candidatos presidenciales, empresarios. Con muchos de ellos tuvo una relación cercana, propia de amigos, pero siempre sostuvo que ninguno lo era -salvo Andrés Manuel López Obrador por quien abogó ante Roberto Madrazo, en 1994, antes de la campaña para gobernador de Tabasco y le recomendó no lanzarse, con el pretexto de que su padre ya había ocupado ese cargo, pero Roberto lo ignoró.

De esos encuentros con los hombres del poder, aplica la máxima de los editores de antaño: si un reportero convive y recibe regalos de un funcionario público, es corrupción; si el editor lo hace, son relaciones públicas.

Así, en La Terca Memoria, relata sus encuentros entre su familia y la del gobernador del Estado de México, Carlos Hank González, quien al ver que los García viajaban apretados en un vehículo -tuvieron nueve hijos- el político le regaló, un 24 de diciembre, una camioneta último modelo, que recibió sin protestar, sin chistar. “Está bien”, le dijo a su familia.

Al poco tiempo, uno de sus hijos, Pablo, cumplió años y se empeñó en manejar la camioneta. Se lo permitieron, chocó con un poste y la unidad quedó inservible.

A los pocos días, Hank le envió otro vehículo último modelo, pero ahora sí el periodista se disgustó y viajó hasta Toluca, con uno de sus hijos, para devolver la unidad. Tiempo después, se olvidó de sus visitas a la casa del profesor Hank y de sus regalos y en Proceso exhibió los excesos y riqueza de los hijos del exgobernador.

Luego de que lo sacaron de la dirección de Excélsior, Scherer creyó que el diario desaparecería y con él su legado, de ocho años al frente de la dirección.

Nada de eso pasó, el diario siguió con Regino Díaz Redondo como director y alcanzó su segundo aire, con la incorporación a sus páginas editoriales de connotados periodistas como Manuel Buendía, José Luis Mejías, Manu Dornbierer, Mauricio González de la Garza, Gastón García Cantú, Margarita Michelena, entre muchos otros y siguió siendo el más importante del país, durante varios lustros.

Scherer nunca digirió su salida y tampoco toleró la idea de que quienes se fueron con él regresarán, como Gastón García Cantú, quien el 3 de septiembre se reintegró a Excélsior. Scherer lo reprochó en público: “No había pasado nada el 8 de julio de 1976 y en los años sucesivos. Se había tratado, apenas, de un incidente en el tema central de la libertad de expresión”.  El santón no toleraba el derecho a disentir de él, por las razones que fueran.

Octavio Paz también regresó a Excélsior en 1989 y hasta 1992, lo que le mereció una dura portada, en la revista Proceso, por organizar en 1990, un encuentro de intelectuales de derecha.

Varios meses después de su salida de la cooperativa, en mayo de 1977, ya con José López Portillo, como presidente de la república, su primo, Scherer realizó un segundo intento para que se le regresara el diario, pero el plan se frustró porque el corresponsal del New York Times, Alan Riding reveló la noticia.

Aprovechando su amistad y familiaridad, con López Portillo, Scherer se había entrevistado con el secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, para pedirle financiamiento para instalar un nuevo periódico, pues no se sentía contento con Proceso.

A Heroles se le hizo más fácil y accesible, revisar el acuerdo de los cooperativistas del 8 de julio de 1976, revocarlo y reinstalar al ícono del periodismo, pero la nota de Riding frustró el plan

Más adelante, Scherer terminó peleado con López Portillo quien   canceló la publicidad a Proceso y lanzó su famosa frase: “No pago, para que me peguen”.

Con todo y que los adversarios de Díaz Redondo aseguraban que los cooperativistas no lo querían, se mantuvo 24 años en la dirección y de esos, 23 años y meses ya no era presidente Luis Echeverria.

Otro que también se fue, para no regresar, pero tampoco se integró a Proceso, fue Manuel Mejido, un periodista leyenda, ganador de decenas de premios, amigo de Carlos Denegri, su maestro, a quien siempre defendió y alguna vez dijo que se arrepentía de nunca haberse atrevido a decirle que lo veía como un padre.

De Scherer, Mejido dijo que “es un mito en muchos aspectos. Se está haciendo pasar como el castillo de la pureza del periodismo, como el impoluto y Scherer fue un periodista muy corrupto”.

“Fue corrupto más por la forma de conducirse que si recibiera dinero. Nunca tomó un centavo, esa no era la forma de corrupción de Scherer, sino tomarse de la dirección de Excélsior y los mejores asuntos para hacerlos él, eso es corrupción, eso no se debe hacer”.

Mejido contó la anécdota de que una vez se encontró con Porfirio Muñoz Ledo y le preguntó si Luis Echeverría seguía teniendo diálogos con Dios, a lo que aquel le contestó “Sí, pero ahí siempre se encuentra en la antesala a tu jefe Julio Scherer”.

Mejido decía que Scherer era un envidioso del triunfo de los demás, quería ser el mejor en todo, el mejor reportero, el mejor linotipista, el mejor jefe de redacción, el mejor elevadorista, el mejor conserje.

Al dejar Excélsior, Mejido se fue como subdirector de El Universal, cuyo propietario, Juan Francisco Ealy Ortiz, siempre le cayó mal a Scherer.

A Scherer se le quiere o se le odia, aunque son mayoría los que lo idolatran y lo ven como un santón del periodismo, uno de los mejores periodistas de la segunda mitad del siglo 20 en México. Y sin duda se ganó ese lugar.

Scherer también era mezquino, cuando se lo proponía. En 1971, el fotógrafo Armando Lenin Salgado, entrevistó en exclusiva al guerrillero Genaro Vázquez y fue a buscar al director de Excélsior para ofrecerle el material, y el mirlo blanco le ofreció comprar 10 fotografías a 100 pesos cada una.

Lenin no aceptó y días después la AP le pagó 2 mil 500 pesos por dos fotos, que se publicaron en la revista Time-Life. Además, tomó, por esos días, las fotos de la matanza del 11 de junio de 1971, donde aparecen los halcones, con varas de kendo, persiguiendo y golpeando a los estudiantes, que lo inmortalizaron y que fueron difundidas, con crédito incluido, en el noticiero estelar de Televisa.

Cuatro meses después de que dejó Excélsior, el 6 de noviembre, a escasos 24 días de terminar el sexenio de Echeverría, apareció el primer número de la revista Proceso, que elevó a los altares a Scherer y lo convirtió en un hombre mito, el paladín de la libertad de expresión, el periodista infalible.

Ciertamente la aparición de Proceso provocó un despertar en los medios de comunicación y un deseo de destetarse del poder y honrar la libertad de expresión. Surgieron periódicos como Unomásuno, con Manuel Becerra Acosta -que era el subdirector cuando el golpe a Excélsior- La Jornada, la revista Plural de Octavio Paz, desde donde la crítica al gobierno fue constante.

Desde el primer número, Proceso se convirtió en crítico del gobierno y de todo: por sus páginas aparecieron reportajes criticando a los empresarios, a la iglesia, sindicatos, al PRI y a los partidos opositores. Arremetió casi contra todos, incluyendo a su amigo Octavio Paz, a quien le reprochó organizar en 1990 un encuentro con intelectuales identificados con la derecha.

No sólo decía no tener amigos entre los políticos, sino que además no le importaba perderlos con tal de publicar una noticia. Alguna vez Scherer le preguntó a Regino Hernández Llergo que en el dilema de perder una noticia o un amigo que escogería y aquel le contestó: “Yo perdería una noticia y tú a un amigo”. Y es que luego de conversar con cualquier individuo, Scherer estaba convencido de que, si la plática ameritaba una nota, podía hacerlo, sin consultar a su interlocutor, para pedirle autorización.

Proceso ejerció un periodismo sin concesiones, aunque hubo excepciones. En 2001, los reporteros Francisco Ortiz Pinchetti y su hijo Francisco Ortiz Pardo, publicaron el libro: “El fenómeno Fox: la historia que Proceso censuró”.

En el 2000, ambos periodistas cubrieron la campaña presidencial de Vicente Fox, pero se encontraron con que sus reportajes no se publicaban completos, se cambiaban párrafos.

En mayo de ese año publicaron un reportaje al que se le mutilaron párrafos y se le agregaron otros. Los reporteros reaccionaron enviando una carta a la propia revista, donde denunciaron la tergiversación de su trabajo.

En respuesta, Scherer, junto con Vicente Leñero y Enrique Maza, directivos de Proceso, citaron a los reporteros en un restaurante y ahí Scherer les reprochó haber enviado la carta y les dijo: “la ropa sucia se lava en casa” y ahí mismo se les anunció que estaban despedidos.

El diferendo entre los dos reporteros y Scherer, se habría generado porque anticiparon el triunfo de Vicente Fox y se especuló que este le abriría un proceso legal a Julio Scherer Ibarra, porque era funcionario federal en el sexenio de Ernesto Zedillo, donde era director de Grupo Azucarero Escorpión y se le habían detectado irregularidades en más de 114 mil toneladas de azúcar de exportación falsas.

Scherer se vio obligado a pedirle a Fox que no procesara a su hijo. Utilizó la revista para obtener un favor.

Así como ese, hay otros casos de censura. En el 2006, la periodista Sanjuana Martínez fue despedida luego de que pidió una explicación de por qué no se publicaron varios reportajes sobre la pederastia en la iglesia -acusando directamente al arzobispo Norberto Rivera, de proteger a curas pederastas-.

Martínez fue enviada a Estados Unidos a una cobertura periodística y cuando regresó se encontró con que la habían despedido por abandono de trabajo, a pesar de que Scherer había autorizado su traslado.

Ella pidió ser indemnizada conforme a derecho, la revista le ofreció un 30 por ciento de lo que legalmente le correspondía, ella buscó a Scherer para que la ayudara, quien al escucharla le contestó: “No Sanjuana, ¿cómo crees? Yo de dinero no voy a hablar contigo. Soy un caballero”.

La periodista demandó a Proceso. Scherer insistió en pagar un 30 por ciento, Sanjuana se dijo dispuesta a aceptar, a condición de que Scherer le ofreciera una disculpa.

El editor se negó, dijo que “esta señora le ha llamado misógino al director (Rafael Rodríguez Castañeda). Y yo pensaba que misógino quiere decir “el que tiene miedo a las mujeres”, pero después fui al diccionario y vi que significa “el que odia a las mujeres”.

En noviembre de 1983, Proceso se autocensuró. En la revista se publicaría un reportaje sobre un operativo que agentes federales mexicanos y fuerzas policiales venezolanas realizaron en la Granja Hogar de los Peregrinos, operado por una secta religiosa, donde estaban dos sobrinos, de 17 y 19 años, del secretario de Gobernación, Manuel Bartlett y se negaban a salir, a quienes rescataron contra su voluntad.

El director de la Dirección Federal de Seguridad, José Antonio Zorrilla visitó a Scherer, -con quien se emborrachó en 1983- y le suplicó no publicar el reportaje y le ofreció dinero, que el editor rechazó.

Zorrilla optó por hablar con Vicente Leñero, segundo en el escalón de Proceso, para pedirle convencer a su amigo y le habló de las cuatro hijas de éste y la necesidad de cuidarlas. Atemorizado, Leñero convenció a Scherer para no publicar el reportaje que, en cambio, sí apareció en la revista Contenido y no les pasó nada a sus editores.

En 1960, Scherer fue suspendido 15 días en Excélsior, luego de que firmó un desplegado abogando por la liberación de presos políticos por el movimiento obrero de 1958-1959. Rodrigo de Llano, el director, lo acusó de actuar en contra de los intereses de la cooperativa pues se sospechaba que detrás de la publicación estaba el Partido Comunista. Él se defendió, argumentando que su formación católica lo obligaba a abogar por los presos. Uno de los integrantes del Consejo, Gustavo Durán, opinó que se debía respetar la libertad de pensamiento y militancia, y se le absolvió.

El periodista siempre se asumió de izquierda y era sectario. Por eso nunca escribió una línea condenando la feroz y criminal dictadura cubana de Fidel Castro, al que admiraba, de la misma manera que el escritor Gabriel García Márquez, otro intelectual apasionado de los dictadores, pues además de Fidel adoraba a Omar Torrijos, de Panamá.

La izquierda sectaria no soporta una crítica a Rusia, a Cuba, a Corea del Norte y menos a Castro, a Stalin, a Mao, a Pol Pot, a Abimael Guzmán, y justifican sus asesinatos en masa, en el nombre del comunismo.

Scherer entrevistó a Castro en 1959 y le preguntó si habría más adelante elecciones en Cuba, a lo que aquel aseguró que sí. En 1984 volvió a entrevistarlo, pero se le olvidó preguntarle sobre las elecciones, que no las hay desde hace 67 años.

No fue incisivo ante Castro, ni ante personajes a los que admiraba.

En 1990 el periodista entrevistó para la televisión al entonces archifamoso subcomandante Marcos y en 2010 al capo del narcotráfico Ismael El Mayo Zambada.  Ambas entrevistas fueron un fenómeno, aunque no aportaron, una ni otra, información nueva y en el caso de la segunda, el entrevistador se prestó a la frivolidad cuando El Mayo preguntó si le quedaba mejor una gorra o un sombrero.

Por haber entrevistado a El Mayo, el gobierno de Felipe Calderón analizó la posibilidad de abrirle proceso judicial. ¿Cómo era posible que un periodista se reuniera con el jefe de capos? Pero no pasó nada.

El periodista solía repetir la frase de que, si el diablo me da una entrevista, voy al infierno. Mejor que el diablo le conceda la entrevista a Oriana Fallaci, ella si se hubiera pulido en sus preguntas, se hubiera documentado y no se guardaría ninguna inquietud, como lo demostró en sus muchos ejercicios periodísticos. Scherer habría sido condescendiente.


2026-05-10

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